divendres, 30 de juliol de 2010

Ansó (I)


La época medieval en Ansó es poco conocida, sin duda estos valles se vieron inmersos en la dinámica de cambios de regencia de la época a causa de guerras, pactos, herencias,… Más teniendo en cuenta su posición geográfica entre enclaves como Pamplona, Leire, Siresa, Ciella, Jaca, San Juan de la Peña,…

Algunos historiadores como Duran Gudiol sitúan (de forma fácil) los orígenes de Ansó (o al menos la agrupación como comunidad de sus habitantes) en tiempos del conde de Aragón Galindo (¿?) antes del año 924.

Cuando Sancho el Mayor, rey de Pamplona entre los años 1004-1035, legó su reinado a su hijo primogénito legítimo García de Nájera, su otro hijo natural: Ramiro, lo consideró menor de edad y se proclamó Señor de las tierras que le había otorgado su padre, marchándose a vivir a un incipiente Aragón y estableciendo su reino en Jaca.
Aunque Ramiro nunca utilizó el título de rey, con él comienza la dinastía de los reyes de Aragón (Ramiro I, Rey de Aragón, 1035-1063)

Ramiro I adscribió Ansó a la diócesis de Jaca, desligándolo de la de Pamplona por lo que Ansó pertenecería a los territorios que Sancho el Mayor, rey de Pamplona, otorgó a su hijo.

Después de esto surgirían numerosos conflictos con los vecinos del valle de ambas vertientes por controlar el territorio que darían lugar a tratados de paz, amistad y colaboración llamados “facerías” y que irían conformando los dominios del valle, que por entonces ya contaba con un amplio territorio y cinco núcleos de población: Ansó, que ejercía de cabecera, Fago, Ornat, Arahuas y Cenar. Hoy solo los dos primeros sobreviven.

Jaime I "El Conquistador" (1213-1276) fue quien vio la necesidad de reforzar las fronteras de su Reino, y aquí Ansó pasa a jugar un importante papel por su posición fronteriza con el Béarn (en la Francia actual) y Navarra. Para asegurarse una población suficiente y leal, el Rey otorgo privilegios a Ansó sobre territorios que geográficamente no le correspondían (desde la Mesa de los Tres Reyes, que marca el límite entre Navarra, Francia y Aragón, hasta el valle de Astún). En compensación, Echo recibiría tierras en la parte media del valle de Ansó que aún hoy pertenecen a su término municipal.
Los Ansotanos aprovecharon la ocasión para obtener un documento que reconociese su propiedad sobre los territorios que controlaba y así se firmo por el Rey en 1224.

En 1279 los navarros invadieron el valle de Ansó destruyendo numerosos inmuebles, incluida la iglesia, que se cree sería románica (según Philippe Moreau). Sobre sus ruinas se construiría una nueva.
Los Ansotanos debieron ganar la partida, ya que continuó perteneciendo al reino de Aragón. Pedro III “El Grande”, en compensación, condonó al valle el pago de la mitad de los tributos reales, así como el pago completo de la llamada “redención del ejército” mediante la que se sufragaba el gasto de las tropas en las continuas guerras que mantenía contra varios condados catalanes.

Mas tarde, mientras el reino se ampliaba y consolidaba hacia el este, Jaime II decidió reforzar sus fronteras con Navarra y Francia y en 1318 refrendó los derechos que su abuelo Jaime I había concedido a Ansó, añadiendo nuevos privilegios como no pagar peaje en todos los caminos del reino, lo que obligaba a los ansotanos a viajar siempre con un documento acreditativo de su procedencia. De estos documentos alguno ha perdurado hasta nuestros días.

En 1323 ordenó al Bayle General de Aragón dirigirse a Ansó a decidir el mejor lugar para construir una muralla defensiva en el pueblo (el castillo de Celún, aguas abajo de Ansó había sido arrasado en una incursión Navarra por el sur). No queda ningún rastro de ella, por lo que parece que tal muralla nunca llego a construirse, Tal vez porque la propia estructura del pueblo, con sus casas exteriores colgadas sobre el río y el barranco Arrigo ya cumplían esta labor defensiva.

Los siglos XV y XVI fueron muy convulsos en la zona, con la amenaza de los hugonotes, levantamientos señoriales, saqueos,… fue entonces cuando en el pueblo se levantaron algunas torres fuertes, auspiciadas en algún caso por nobles infanzones que vivían en Ansó. La propia iglesia adquiriría un aspecto “sospechoso” con sus matacanes y aspilleras, más propios de una fortaleza que de un templo.

Distintos reyes de Aragón, y después los de España, hasta Felipe IV en 1626, refrendaron los derechos adquiridos, y bien pagados con su propia sangre, de los ansotanos.

El valle gozaba de gran autonomía política. Un consejo de nobles -entendido mas como gente respetada y considerada “buena” que como ilustres o distinguidos- gobernaba el valle dictando las normas por las que se regía. También ejercían de jueces en los conflictos surgidos entre sus habitantes y a veces incluso en los valles vecinos.
La llegada de los Borbones supuso la centralización de todos los poderes en el Estado.

En los derechos del valle de Ansó, como en los de otros valles pirenaicos, verían una amenaza a sus intereses por lo que dejaron de refrendarlos.