dilluns, 23 de novembre de 2009

La lluvia amarilla (I)



La lluvia amarilla (1988) es una obra del escritor Julio Llamazares. Es el monólogo del último habitante de un pueblo abandonado del Pirineo aragonés, llamado Ainielle. Entre la «lluvia amarilla» de las hojas del otoño, que se equipara al fluir del tiempo y la memoria, o en la blancura alucinante de la nieve, la voz del narrador, a las puertas de la muerte, nos evoca a otros habitantes desaparecidos del pueblo, que lo abandonaron o murieron, y nos enfrenta a los extravíos de su mente y a las discontinuidades de su percepción en el villorrio fantasma del que se ha enseñoreado la soledad.

Parece que el argumento real del libro es el miedo. Muchos tipos de miedo, de ésos que acechan a una persona: el pánico a morir solo, a convivir con los fantasmas de los difuntos, a terminar siendo infiel a sus principios y abandonar la aldea como los demás, y a dejar sola a su perra. Si los días se le hacen largos, las noches parecen interminables. No hay nada que hacer, aparte de salir a cazar algo para comer y de cavar su propia tumba… Y el desenlace, que deja una sensación de intranquilidad, de ponerte en la piel del otro, de pensar en lo terrible que podría resultarnos ser ese viejo.

El protagonista llega a imaginar las sensaciones que personas ajenas a esta historia tendrían al visitar el pueblo abandonado tras su muerte; porque siempre que he visitado un pueblo abandonado he tenido una sensación extraña de que algo faltaba en ese paisaje, y al leer el libro me he dado cuenta que lo que faltaba, era su historia, es decir, los recuerdos de la gente para los que esas piedras significan parte de su vida.

En 1970 cerró la puerta de su casa y se fué para siempre el último habitante de esa aldea escondida y medieval del Pirineo aragonés. Hubiera sido uno más de los pueblos abandonados de la montaña si Julio Llamazares no hubiera situado allí la acción de una de sus novelas más conocida. Ainielle es, desde entonces, el símbolo de la despoblación y de la pérdida de identidad .

Diario del Alto Aragón 14/10/09: Unas ochenta personas han participado en "La Senda Amarilla. 3ª Ruta de la Memoria Oliván-Ainielle" que, con 18 kilómetros de recorrido y organizada por la Asociación O Cumo de Oliván, tiene vocación reivindicativa. "Desde O Cumo queremos que este día sirva para rescatar, aunque sea solamente por unas horas, todos esos valores que giran alrededor de los numerosos pueblos abandonados de nuestro Prepirineo en general, y más en particular, de los que se encuentran en el Sobrepuerto".



Según Jordi Pardo de la Universidad Autonoma de Barcelona que se ha dedicado al analisis del entramado metafórico,podemos observar que la metáfora del «amarillo» funciona como un elemento paradigmático en la narración, aunque no de forma sistemática. En consecuencia, el «amarillo» es aquel ‘ente’ metafórico que, por definición, transfiere a los objetos las cualidades que, por identificación, le son propias. El color «amarillo» se erige dentro del texto de la misma forma en que se manifiesta triunfalmente en los Naturaleza muerta de Vincent Van Gogh, donde, como nos dijo el pintor, el desafortunado color es una imagen de la muerte tal como nos habla el gran libro de la naturaleza. Del mismo modo, el color «amarillo» es el color tabú para la gente del teatro, porque Molière murió enfundado en un traje «amarillo»; y, además, simboliza la locura, ya que los locos en la Edad Media iban vestidos de color «amarillo» para ser diferenciados del resto de la población. El «amarillo» es también símbolo de la tristeza, de todo lo que es purulento. En nuestro caso, La lluvia amarilla es un complicadísimo entramado de metáforas que se relacionan entre ellas rozando, en ocasiones, la «metáfora impresionista».De esta suerte, todo se encenderá de amarillo en la novela, matizándose el contorno narrativo con el dominio de la ‘superstición’, la ‘locura’ y la ‘tristeza’.

Bebe y se forja en lo rural, en relación con obras como Los santos inocentes (1981) de Miguel Delibes, donde, al igual que en la novela de Llamazares, no sólo observamos la historia de unos campesinos que sufren un sinfín de desgracias, sino que estamos ante la interpretación más exacta del efecto rural que se fragua en la posguerra. A Julio Llamazares y a su obra, en el seno de este panorama literario, podríamos enclavarlo dentro de una generación de escritores que se han denominado sesentayochistas por la posible influencia que hallamos en ellos de ese espíritu del Mayo del 68. Estamos ante unos escritores que han abandonado el experimentalismo radical y buscan, más bien, una voz personal que empape el relato. La lluvia amarilla dentro de este tipo de literatura se destaca por un cierto propósito trascendente, ya que sobre la delicadísima tela de araña de la anécdota, Llamazares construye una novela corta en la que sobresale un excelente ejercicio léxico.

(http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/amarilla.html)