dissabte, 20 de novembre de 2010

El cantonalismo en Barbastro


El periodo inmediatamente posterior al derrocamiento de Isabel II es el llamado Sexenio Revolucionario. En esta etapa existirán dos partes claramente diferenciadas, dependiendo del triunfo en las urnas de monárquicos o republicanos. La convocatoria de cinco elecciones generales durante estos seis años nos puede dar una idea del periodo de inestabilidad que se vivió.

En diciembre de 1868 se celebran elecciones municipales y en enero del año siguiente, las elecciones a Cortes Generales darán en Aragón la victoria a los republicanos, que obtienen 12 escaños frente a los 8 de los monárquicos, mientras que en el conjunto del Estado la situación es muy distinta (85 republicanos sobre 352 diputados). Las nuevas Cortes aprobaron una Constitución monárquica y proclamaron regente al general Serrano mientras se elegía democráticamente a un nuevo rey. En la nueva Constitución, en cuya elaboración participaron activamente aragoneses como Gil Berges y Juan Pablo Soler, se reconocían derechos como el del sufragio universal masculino y libertades como la de imprenta, de culto o de reunión y asociación.


Tras la elaboración del texto constitucional el siguiente paso fue la búsqueda de un nuevo rey, elegido entre pretendientes de las cortes de distintos países. También estaban entre los pretendientes Alfonso de Borbón, el hijo de Isabel II que enseguida fue descartado; el viejo Espartero, que declinó la invitación; y Amadeo de Saboya, hijo del rey Víctor Manuel de Italia. El elegido por amplia mayoría fue éste último en noviembre de 1870.

Prim fue el principal valedor del nuevo monarca, sin embargo pocos días después de su coronación fue asesinado en un atentado terrorista, con lo cual se derrumbaba el principal apoyo del rey, que iba a ser acosado por la oposición formada por posturas tan opuestas como las de la nobleza, el clero, sectores del ejército, los carlistas, los republicanos-federales y un nuevo movimiento obrero que estaba surgiendo a partir del libre asociacionismo.


Uno de estos sectores, el carlista, iniciará la tercera contienda civil en el siglo XIX para imponer a Carlos VII en el trono. Tras intentos anteriores como la insurrección en San Carlos de la Rápita (1860) en la que participaron los aragoneses Marco de Bello y Jaime Ortega en favor del pretendiente Carlos VI, en esta ocasión sí que fraguará la sublevación, ya que se aliaron los carlistas junto a los sectores tradicionalistas e integristas, inquietos por la revolución de 1868.

La importancia de la tercera carlistada se debió a que en una parte importante del territorio español, especialmente en el norte, funcionó un auténtico Estado carlista con todos sus servicios en marcha, con la creación de moneda y correo propios; la Universidad estatal y gratuita de Oñate, donde cobró importancia la enseñanza del euskera; la Administración de Justicia y la reforma del Código Penal; y, fundamentalmente, la restauración de los organismos autónomos como muestra del respeto a las peculiaridades regionales de todos los pueblos, como fue el caso del País Vasco, Aragón, Cataluña, Valencia, Castilla, Cantabria... era un auténtico Estado federal.

El conflicto bélico… La tercera guerra carlista en Aragón

En Aragón, como en las anteriores insurrecciones, se levantaron numerosas partidas de guerrilleros destacando la de Higinio Rodríguez, Francisco Herrero 'el cura de Bañón' o el comandante Narciso Alegre. Uno de los personajes más destacados fue el coronel Pascual Gamundi, que ya había participado en las dos guerras anteriores, y en esta última fue designado comandante general del Bajo Aragón. Entre otras acciones, conquistó Daroca y Cariñena, ascendiendo a mariscal de campo. Al finalizar la guerra, emigró a Francia.

Pero la auténtica figura aragonesa no aparecería hasta octubre de 1873, en que el general Marco de Bello fue designado comandante general de Aragón. Marco organizó administrativa y militarmente la División aragonesa. Estableció una academia de cadetes y un taller de fabricación de cartuchos en Cantavieja. Marco de Bello ocupó Daroca y quemó el Registro Civil, participando además en el asedio de Teruel. Al finalizar la guerra se retiró definitivamente a su casa de Bello.

Tras años de guerra la insurrección fue definitivamente aplastada en 1876. Sin embargo las pretensiones dinásticas del carlismo iban a continuar, aunque desde entonces iban a ser defendidas políticamente en el Parlamento y desde cabeceras de prensa como El Intransigente editada por Francisco Cavero.

Vemos pues que la monarquía democrática amadeísta estaba acosada por distintos frentes, sin embargo en Aragón, también tuvo apoyos como los del periodista y rector de la universidad Jerónimo Borao. En 1871 el rey visitó Zaragoza con motivo de la entrega de premios de la Exposición Aragonesa de 1868. La acogida fue muy fría, muestra de las simpatías republicanas aragonesas. El 11 de febrero de 1873, ya sin apenas apoyos, el rey se vio obligado a abdicar dando lugar a la instauración de la República.

Fue elegido el primer Presidente de la República el catalán Estanislao Figueras y el apoyo al nuevo sistema de gobierno fue inmediato en Aragón; sin embargo pronto surgieron las disensiones entre las distintas fracciones del republicanismo: unitarios y federales. La diferencia entre estos era que los primeros eran partidarios de un solo centro de poder político, mientras que el federalismo es un sistema de organización estatal, basado en el pacto libre que se establece entre los distintos miembros de la Federación de estados.

Un hito fundamental del federalismo en Aragón lo debemos encontrar cuando el 18 de mayo de 1869 se reunieron los comités republicano-federales de los antiguos países de la Corona de Aragón, y suscribieron el Pacto Federal de Tortosa, con Marceliano Isábal como representante destacado por parte de los aragoneses. La forma de organización aprobada consistió en la creación de comités locales, de partido judicial, provinciales y de Estado (Aragón, Cataluña con Baleares y Valencia). Este esquema fue imitado posteriormente, y se firmaron otros pactos federales en Córdoba, Valladolid, Éibar y Santiago, que más tarde se coordinarían entre sí mediante un pacto nacional.

Pero también dentro del federalismo iba a existir una división en dos sectores ante la tardanza en poner en práctica el proyecto de la Constitución Federal de 1873. El primero, representado por el Partido Republicano Democrático Federal de Pi y Margall, se plantea que la federación debe ser proclamada por las Cortes Constituyentes. El segundo, más débil pero más radical, exige la inmediata proclamación del Estado aragonés y la posterior federación. Esta postura estuvo representada en la capital aragonesa por La Autonomía de Zaragoza, casino republicano democrático federal creado por José López Montenegro, organizador en la ciudad de la Asociación Internacional de los Trabajadores. El núcleo del casino estaba formado por obreros afiliados a la A.I.T. y por militares que ante la tardanza en la proclamación del estado aragonés, transformarán su postura favorable al cantonalismo, cuyas posturas se apoyan en el naciente movimiento obrero, sobre todo anarquista.

En las elecciones que se celebraron en mayo de 1873, los 23 escaños aragoneses correspondieron a republicanos, aunque se registraron elevadísimos índices de abstención, que llegaron al 77% en la prov. de Teruel, al 63% en la de Zaragoza y al 57% en la de Huesca. En junio formó gobierno Francisco Pi y Margall ayudado en su gabinete por el jacetano Fernando González Sánchez pero al mes siguiente tuvo que dimitir por el movimiento cantonal.

El 9 de julio se produce el alzamiento cantonal de Alcoy, seguido por el de Cartagena el 12, y en este mismo día tiene lugar en Zaragoza una manifestación cantonalista. Mientras, el diputado Luis Blanc ha salido hacia Barbastro, para proclamar allí el cantón aragonés. El 28 de julio, el gobernador civil de Zaragoza, el alcalde de esta ciudad y representantes republicanos se reúnen, elaborando un manifiesto que llama a la calma. Pero el cantón ya ha sido proclamado en Zaragoza gracias a los apoyos de la Federación Local de la Asociación Internacional de los Trabajadores, creada por López Montenegro.

El cantón de Barbastro dirigido por Luis Blanc tendrá un carácter claramente burgués, frente a las connotaciones obreras de Zaragoza. Cada día aparece un nuevo almacén de petróleo, con el supuesto objeto de los cantonalistas de incendiar la ciudad. El 3 de agosto sigue la agitación, pero a partir de aquí la prensa hace el silencio sobre las noticias de Barbastro. Hacia mediados de mes, los voluntarios de Barbastro son desarmados por el ejército. También se alzaron en cantón Monzón y Graus, con toda Ribagorza, y hubo intentos en Tamarite y Ateca.

El encargado del nuevo gobierno es ahora Salmerón, que tampoco llega a mantenerse los dos meses. Le sigue Castelar, formando gobierno con el zaragozano Gil Berges como ministro de Fomento, que tienen que hacerse cargo de una situación caótica para la República, dado que coexisten las guerras carlistas y de las colonias americanas, junto con la revolución cantonal. La situación había llegado a ser insostenible. En estas circunstancias, el 3 de enero de 1874 el general Pavía hace un golpe de estado y disuelve las Cortes.

Un testigo de primera mano de los acontecimientos del final de la República fue el político y escritor cubano José Martí, ya que entre 1873 y 1874 permaneció en Zaragoza para finalizar sus licenciaturas en Filosofía y Letras y en Derecho tras haber sido desterrado de la isla en 1871 por su actitud en favor de la independencia de Cuba. Para la historia dejó estos versos en donde dejaba claro su amor por Aragón:

Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es cubano.
Lo estimo si aragonés.

El periodo siguiente de menos de un año estará dominado por republicanos unitarios y Francisco Serrano, pero se está fraguando el regreso al trono del Borbón Alfonso XII. Esto se producirá tras el golpe de estado del 29 de diciembre de 1874 del general Martínez Campos y el trabajo político del conservador Cánovas del Castillo. El sueño republicano había fracasado.